Inicio
   Saber de la industria
   Información estadística
   Stands Virtuales
   Ofertas y demandas
   Adquirir un Stand
   Productos en la Expo
   Capacitación
 

Escriba su e-mail
para ingresar a la expo



 
 
   Cotización
   Noticias
   Actualizar Stand
   Seminarios y Ferias
   Adquirir una Franquicia Expo
 

 
     
 
SABER DE LA INDUSTRIA

 

 

Industria Farmacéutica

Aunque en el siglo XIX se tienen registros de los primeros laboratorios destinados a la producción principalmente de reactivos químicos (como la fábrica de Leopoldo Río de la Loza, donde se elaboraba ácido sulfúrico, éter sulfúrico, sosa y carbonato de sosa, sulfato de sodio y de hierro, ácido nítrico, entre otras sustancias destinadas a diversas empresas), la creación de una industria farmacéutica en territorio mexicano durante esta centuria era un sueño lejano y sin las condiciones necesarias para llevarse a cabo.

La industrialización farmacéutica había surgido en Europa en el transcurso del siglo XIX, sin embargo en México los avances de la química no habían generado aún el interés por crear una industria de producción de drogas y medicamentos, además de que las boticas (origen de la industria farmacéutica en el viejo continente) no estaban capacitadas para realizar actividades industriales y se dedicaban preferentemente a la venta de fórmulas magistrales u oficinales. De igual manera influía la falta de empresarios mexicanos con capital suficiente para establecer este tipo de industria y la desconfianza de estos últimos en esta rama productiva.

Aunque en el gobierno de Porfirio Díaz se impulsó la creación de diversas ramas industriales mediante la participación de inversiones extranjeras con el objetivo de iniciar a México en el capitalismo industrial, el proyecto de creación de una industria farmacéutica no existía para el Estado: otros sectores acaparaban la mayor atención del gobierno. Si bien, a finales del siglo XIX se presentaron en la nación algunos elementos que podían permitir la fabricación masiva de medicamentos (como los estudios realizados desde 1888 sobre la fauna y flora medicinal en el Instituto Médico Nacional), éstos no fueron suficientes para iniciar una industria farmacéutica.8

Sin embargo, durante las últimas décadas del siglo XIX, hicieron su aparición en México la medicina de patente y la especialidad farmacéutica. Estos nuevos medicamentos industriales, procedentes de Europa y Estados Unidos, poseían características muy diferentes a las de la fórmula magistral: llegaban ya envasados, tenían una dosificación incluida y eran de fácil administración.9 No obstante, su principal característica consistía en que eran productos químicos que se fabricaban a partir de la síntesis orgánica y el aislamiento de moléculas con propiedades medicinales. La llegada de estos productos trajo consigo una revolución terapéutica a nuestro país, es decir, una transformación radical en el tratamiento y prevención de las enfermedades.10 Asimismo, las farmacias y boticas nacionales comenzaron a mostrar cada vez más atención hacia este tipo de medicamentos, incluyéndolos paulatinamente en su catálogo para la venta al público.

Para poder competir en el mercado frente a la invasión de medicamentos importados, algunos farmacéuticos mexicanos empezaron a elaborar medicinas de marca en sus boticas y pequeños laboratorios. Al respecto debe mencionarse el laboratorio de la farmacia del Hospital de Jesús de la Ciudad de México, a cargo en 1903 del profesor Juan B. Calderón (uno de los precursores de la industrialización de la Farmacia en nuestro país), donde se confeccionaban las "nuevas" formas farmacéuticas como: perlas y cápsulas, gelatinas, comprimidos y tabletas, tinturas, extractos fluidos, sinapismos, ungüentos y pomadas, y toda la gama de la Farmacopea en preparaciones oficinales (figura 1). Entonces surgió el medicamento inyectable en ampolletas de vidrio de un solo uso, donde la farmacia del Hospital fue la primera en el país y aún en América, en ocuparse de esta nueva forma farmacéutica, cuyo desarrollo no se había iniciado todavía ni en Estados Unidos.11

Sin embargo, los esfuerzos de éste y otros establecimientos se circunscribían a producciones artesanales a pequeña y mediana escala que distaban mucho de constituir una industria farmacéutica. Sería hasta después de terminada la etapa bélica de la Revolución Mexicana en 1917, cuando se establecen en México, empresas dedicadas a la producción, importación y/o comercialización masiva de medicamentos con capitales sólidos.

La industrialización farmacéutica en nuestro país se caracterizó por la combinación de una amplia gama de factores nacionales e internacionales. A inicios de siglo, la industria farmacéutica era un terreno inexplorado lo que provocó que el capital extranjero experimentado empezara a incrementar su participación en esta área. Además, las primeras tres décadas del siglo XX proporcionaron las condiciones favorables para la inversión extranjera en México. Una de estas condiciones fue el cambio en el modelo de desarrollo económico (primario-exportador), que desde los años veinte empezó a tener modificaciones con el objetivo de implementar un nuevo modelo económico basado en el desarrollo de la industria.

Los primeros años de las empresas productoras de medicamentos

En el siglo XX, entre las primeras empresas farmacéuticas que se establecieron en México se encontraba la francesa Alexandre Rueff y Cía. Esta compañía se instaló en 1901 en la Ciudad de México con un capital importante y manejaba entre sus diferentes productos a los medicamentos, aunque en un principio la venta de presentaciones medicinales no era su prioridad. En 1919, el Departamento de Salubridad Pública (máximo organismo regulador sanitario de la época) aprobó el establecimiento de un despacho de la compañía para la venta e importación de medicinas de patente, sobre todo de origen francés. Para 1930, Alexandre Rueff y Cía. se cambia a su nuevo edificio con instalaciones propias para fabricar medicamentos, entre ellos el Urodonal (utilizado como disolvente del ácido úrico y antiséptico urinario).12

Hacia 1908, el empresario Andrés Senosiain funda la "Farmacia San José" en Matehuala, San Luis Potosí. En 1915, la farmacia se traslada a la Ciudad de México con el nombre de "Farmacia Santa Ana", la cual se enfocó principalmente a la producción de derivados de plantas, agua oxigenada y talco boratado; y en un renglón secundario a los productos industriales o de patente, los cuales se traían del extranjero. Para 1917, la empresa familiar importa materia prima de Alemania para elaborar su primer producto farmacéutico de patente que fue la Superina a base de ácido acetilsalicílico. A partir de 1928 (año considerado como el de su fundación), los Laboratorios Senosiain, de capital mexicano, comienzan la fabricación de medicamentos como los supositorios de glicerina y el mercurocromo que tuvieron una cobertura nacional.12

De igual forma, en los inicios del siglo XX, otras farmacias y droguerías, dedicadas anteriormente sólo a la venta y producción de fórmulas magistrales, se convertirían en pequeñas empresas de fabricación de medicamentos, sentando parte de los cimientos de la industria farmacéutica nacional. Entre los ejemplos representativos de establecimientos que se transformaron en laboratorios, se encuentra la botica mexicana Bustillos (fundada en 1857) y la droguería de inmigrantes italianos Grisi (fundada en 1912, aunque la empresa familiar venía funcionando desde 1863), que se convertirían respectivamente en los Laboratorios Bustillos y los Laboratorios Grisi.

Para 1917 se instalaron representaciones de laboratorios extranjeros que se dedicaron exclusivamente a la importación y distribución de medicinas en el país, como la compañía medicinal La Campana, que originalmente era propiedad de inversionistas alemanes y después del consorcio estadounidense Warner-Lambert.13,14 Ante el éxito de las comercializadoras y distribuidoras extranjeras debido a la gran aceptación del público mexicano por el producto foráneo, diversas compañías mexicanas también empezaron a incursionar en la adquisición de medicamentos importados y posteriormente en la producción de medicinas de marca (figura 2).

En aquellos años, las empresas que producían medicamentos eran tan pocas que en mayo de 1918 la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo sólo tenía registradas 5 industrias dedicadas a la elaboración de drogas en la Ciudad de México: José Bustillos e Hijos, Compañía Mexicana de Específicos Indígenas, Johannsen Félix y Compañía, Silva M. y Hermanos y la fábrica para el Específico Zendejas. En los estados de provincia solamente se tiene registro de la Gran Farmacia Central y Droguería de Rafael Elizarrarás en Morelia, Michoacán y la fábrica Alpha del doctor Francisco Montalvo en Mérida, Yucatán, dedicadas a la obtención de productos farmacéuticos.15

La sociedad T. Bezanilla & Cía., fundada por Triunfo Bezanilla Gómez, farmacéutico español, buscó establecer una industria de productos hipodérmicos en el país a inicios del siglo XX. Hacia 1919, la compañía se denominaba como el primer laboratorio nacional de inyectables que cumplía con todas las exigencias sanitarias, además de que se consideraba la empresa pionera en México en esta rama de la industria farmacéutica, cuyos productos podían competir con los de cualquier casa comercial europea o norteamericana. El 30 de junio de 1921, T. Bezanilla & Cía. inauguró sus nuevos y modernos edificios en la Ciudad de México que constaban de almacenes, laboratorios y farmacia.16 A lo largo de la historia de la compañía, el afecto del que gozaron Triunfo Bezanilla Gómez y su hijo Triunfo Bezanilla Testa en el ámbito farmacéutico mexicano, debido a su lucha por fortalecer la industria farmacéutica nacional, hizo que siempre se considerara a la empresa de la familia Bezanilla como 100% mexicana.

Una de las primeras empresas de capital nacional que incursionaron en la fabricación de medicamentos en México fue el Laboratorio El Águila, propiedad de la sociedad Garza Treviño y Cía. En 1919 se describía a la empresa como poseedora de una maquinaria notable por su sencillez, limpieza y práctico funcionamiento en sus departamentos de tabletas-pilulación-granulados y extractos. Se aseguraba que su departamento de inyectables estaba dotado de un sistema perfecto de aparatos para filtrar soluciones, llenar y cerrar ampolletas de todos los tamaños, además de poseer un magnífico autoclave de gran capacidad y de invención netamente mexicana con una tecnología que garantizaba una perfecta esterilización.17 Esto convertía al Laboratorio El Águila en una de las pocas empresas mexicanas que utilizaba maquinaria de fabricación nacional en su infraestructura, ante la actitud general de la industria local en adaptar tecnología del exterior para la fabricación de sus productos.

Un establecimiento productor de medicamentos, para poder abrir sus puertas debía cumplir con las condiciones sanitarias exigidas y pasar la inspección del Departamento de Salubridad Pública. En las primeras décadas del siglo, entre los laboratorios químico-farmacéuticos cuya instalación en el Distrito Federal fue aprobada por el Departamento, se encontraban: el Laboratorio de Medicamentos de Domingo Basco Pons (1919), el taller de Juan J. Danner para la fabricación de la medicina de patente Wampole (1919), los Laboratorios Pellicer de José Bulnes (1921), el Laboratorio Sanborns (1921) y el laboratorio de productos químicos y farmacéuticos de la Chemisch Pharmazeutische Fabrik S.A. (1922).18,19

El 23 de junio de 1921, los señores Federico Ricardo Weskott y Walter Matthis, de nacionalidad alemana, formaron una sociedad colectiva comercial en la Ciudad de México. Esta sociedad se denominó la Química Industrial Bayer, Weskott & Cía. y tendría como finalidad la venta de productos químicos en el país con un capital inicial de 10,000 pesos. Además del comercio en territorio mexicano, la sociedad contemplaba la venta de productos a otros países de Latinoamérica para lo cual establecería sucursales o agencias autónomas en diversas naciones. En 1926, la empresa cambió su razón social a Química Industrial Bayer, Meister, Weskott & Cía. y finalmente, en 1937, se constituyó la filial transnacional Bayer de México S.A. dedicada a la fabricación, importación y exportación de productos químicos y farmacéuticos.20

En 1926, comenzarían operaciones los laboratorios mexicanos Myn, que iniciaron la elaboración de productos cálcicos cuando todavía no se producía calcio en México. Años después, la empresa realizaría investigación sobre productos inyectables intravenosos y en la preparación de sueros hematopoyéticos. Debido al incremento en la producción, a finales de los años treinta, los laboratorios Myn inaugurarían en la capital un nuevo edificio de laboratorios, para así contribuir a la fabricación de medicamentos nacionales (figura 3).21

Uno de los principales factores que favoreció los inicios de la industrialización farmacéutica en México fue la revolución terapéutica ocurrida en la Medicina y la Farmacia que provocó la generalización del medicamento fabricado por la industria química. De esta manera, durante la tercera década del siglo XX, la utilización de la medicina de patente y la especialidad farmacéutica estaba en su apogeo. Se estima que en el año de 1925, se importaron a nuestro país alrededor de 3 millones de pesos en medicinas de patente.22 Para entonces, la industria farmacéutica ya había perdido el interés en la aplicación terapéutica de los extractos totales de plantas y la investigación se orientó hacia productos considerados como "nuevos y rentables".

Cabe mencionar que durante los años veinte, el auge del medicamento extranjero no era bien visto por muchos farmacéuticos y boticarios nacionales, se dudaba de su calidad y sobre todo de su procedencia. Desde años atrás, los propietarios mexicanos de boticas y droguerías de la República denunciaban que sus establecimientos estaban inundados de medicinas de patente y especialidades que no poseían efectividad terapéutica, y que la gran mayoría sólo ocasionaban pérdidas para los dueños, ya que al poco tiempo "pasaban de moda" y eran sustituidas por otras iguales. Exigían al gobierno que se estableciera una legislación para regular los pésimos medicamentos que entraban por miles al país o de lo contrario se llegaría a la ruina de los establecimientos farmacéuticos, a la decadencia de la industria mexicana y a la demolición de los cimientos de la profesión farmacéutica.9

Ante tantas exigencias por parte del gremio farmacéutico, en 1926 el Departamento de Salubridad Pública decretó un nuevo Código Sanitario y en 1927 implementó el primer Registro de Medicamentos en la historia de la nación. En este Registro todos los fabricantes, importadores, distribuidores y detallistas de medicinas tendrían que enviar ejemplares al Departamento de todas sus presentaciones farmacéuticas para su posterior análisis. Los productos que no cumplieran con los requisitos establecidos estarían prohibidos para su venta en el país. Estas legislaciones se consideraron como trascendentales en materia de regulación de productos medicinales así como para defender la salud de la población mexicana.9

Lo anterior demuestra también que fue el Departamento de Salubridad Pública el que realizó las pocas acciones que se implementaron para proteger los productos de la industria farmacéutica nacional. No obstante, estos esfuerzos se contradecían con la política industrial del gobierno federal, caracterizada en esta época por la indiferencia ante el proceso de consolidación del capital extranjero tanto en la industria del medicamento como en otros sectores productivos, sin visualizar las posibles implicaciones que se generarían al pasar los años.

Aún con estas medidas por parte del Departamento, los medicamentos extranjeros no detendrían su ascenso, aunque ahora sí estarían más controlados. Aunado a ello, las compañías farmacéuticas empezarían a inclinarse aún más por desarrollar medicamentos de patente al verse conferida una protección de 20 años para su venta y comercialización debido a la Ley de Patentes de Invención de 1928.23 Sin embargo, lo que no se previó o no se quiso prever, es que las empresas mexicanas poco podían hacer ante los enormes recursos que tenían las empresas transnacionales en investigación y desarrollo de nuevos fármacos. Las plantas medicinales no eran patentables, pero sí el proceso de extracción de los principios activos; lo que cada vez fue mejor aprovechado por la industria farmacéutica, sobre todo extranjera (figura 4).

La falta de investigación nacional en materia de fármacos fue otro factor que impactó negativamente el nacimiento y desarrollo de la industria farmacéutica en nuestro país, aunado a la ausencia de políticas por parte del gobierno mexicano para la formación de investigadores. Las destacables investigaciones de centros como el Instituto Médico Nacional - cerrado en 1915 por orden de Venustiano Carranza, que consideró que esta institución no era necesaria para la vida nacional - sobre la aplicación terapéutica de la flora y fauna mexicana, habían quedado en el olvido y los pocos medicamentos nacionales empezaron a ser fácilmente desplazados por los medicamentos industriales provenientes de Europa y Estados Unidos. Las políticas gubernamentales para impulsar el desarrollo de la investigación científica tardarían varios años en efectuarse y se decretarían (aunque sin éxito) hasta el periodo cardenista.24

No obstante, en estos años, entre las acciones más importantes por parte del Estado en cuestión de investigación se encuentran los trabajos del Departamento de Salubridad Pública en su Instituto de Higiene. El Instituto empezó a elaborar productos biológicos como antitoxina diftérica, suero antidisentérico, suero anti-alacrán, suero antitetánico, suero antimeningocóccico, suero antineumocóccico, suero preventivo contra el sarampión, vacunas como pertussis, tífica-paratífica, antivariolosa, tuberculina bruta y equipos para la inmunización activa contra la escarlatina.25,26 Estas presentaciones se utilizaron para las campañas sanitarias en el país, y lograron reducir un poco la excesiva importación de medicamentos, sobre todo en materia de vacunas y biológicos.

Para nuestro análisis es importante el primer Censo Industrial de 1930 realizado por la entonces Secretaría de Industria y Comercio y la Dirección General de Estadística. En él se señala que en 1929 existían en el país 50 empresas farmacéuticas con una producción total de 3,337,319 pesos anuales. De los 64 propietarios o socios que dirigían los establecimientos farmacéuticos, 41 eran mexicanos y 23 extranjeros. Entre los extranjeros que poseían y/o administraban compañías farmacéuticas se encontraban ciudadanos alemanes, franceses, estadounidenses, españoles, italianos, húngaros, principalmente. El Censo revela que la industria farmacéutica en México dependía de la importación de materias primas para su producción, ya que invertía alrededor de 809,027 pesos en material importado y únicamente 235,591 pesos en material nacional.27

Aún así, el mexicano Guillermo García Colín, dueño del Laboratorio Químico Central de la empresa Garcol, consideraba que la industria farmacéutica en el país a inicios de los años treinta se encontraba todavía en un estado embrionario. A su vez señalaba que se importaban varios millones de pesos en sustancias medicinales, cuando bien podían producirse éstas en suelo mexicano.28 Sin embargo, las compañías locales ignoraban la gran cantidad de flora medicinal que se encontraba en el territorio nacional, de donde se podían obtener los principios activos que requería la población. En el periodo 1930-1934, se importaron anualmente en promedio 8 millones de pesos en medicamentos, mientras que en el año de 1931 sólo se exportaron 55,553 pesos en drogas y productos químicos, lo que significaba que el país prácticamente no tenía producción de materias primas terapéuticas.29 Desde 1923, Garcol trataba de impulsar el uso e investigación de plantas medicinales nacionales e iniciar así una independencia económica sobre las grandes importaciones que se realizaban anualmente en México.30

Por cuestiones de organización, el Censo Industrial de 1935 (aunque los datos son en realidad del año de 1934) decidió eliminar de su conteo a los establecimientos farmacéuticos de escasa producción industrial. Este Censo reveló que el número de compañías farmacéuticas en el país había aumentado a 73, con una producción anual total de 9,461,245 pesos. A partir de los datos precedentes, se observa que las compañías farmacéuticas que producían medicamentos en gran escala crecieron considerablemente en cinco años. Aunque para el caso de otros sectores industriales se ha sostenido la hipótesis de que los mexicanos aspiraban a puestos de segunda categoría, de acuerdo a este Censo, para la industria farmacéutica no fue así, ya que los directores nacionales seguían predominando. No obstante, la mayoría de los directores mexicanos administraban empresas que pertenecían a otros individuos. De igual manera, el Censo nos revela que la industria farmacéutica seguía dependiendo del exterior para su producción, ya que poseía alrededor de 2,416,744 pesos en material importado y sólo 898,534 pesos en material nacional.31

Más atrás afirmamos que las primeras empresas farmacéuticas instaladas en México jugaron un papel fundamental en la formación de las bases que llevarían a una industrialización sostenida en el futuro. En la tabla 1 se mencionan las compañías farmacéuticas más importantes y su año de establecimiento en el país, que participaron activamente antes de 1940 en los inicios de este sector. Puede notarse que la formación de pequeñas empresas comercializadoras e importadoras es el fenómeno recurrente en las primeras etapas, mientras que después de 1930, se da el fenómeno de instalación de filiales extranjeras. Del mismo modo, diversos empresarios mexicanos fundaron sus compañías productoras de medicamentos enriqueciendo la industria farmacéutica nacional. Como lo indican distintos directorios industriales de la época, la Ciudad de México se convirtió en el centro operativo desde donde la mayor parte de las casas manufactureras y distribuidoras de medicamentos y productos químicos comenzaron a dirigir sus operaciones hacia el resto del país.32,33

Es necesario tener presente que las condiciones que rodearon el nacimiento de la industria del medicamento en México fueron muy diferentes a las que acontecieron en los países más industrializados, sobre todo porque las primeras empresas farmacéuticas de capital mexicano se insertaron en una estructura de mercado que no fomentó la competitividad en el sector. Diversos estudios económicos señalan que cuando comienza a surgir una rama productiva en un país de industrialización tardía, la política de esta nación debe orientarse a la aplicación de medidas proteccionistas y de regulación de la inversión extranjera, con el objetivo de que la industria nacional pueda llegar a consolidarse por sí misma y a ser competitiva.13,34,35,36 Estas medidas probablemente no produzcan resultados en un periodo corto de tiempo, sin embargo a la larga se obtendrá un sector industrial autosuficiente y además poco dependiente de las decisiones tomadas en el exterior.

No obstante, el Estado mexicano entre 1917 y 1940 nunca estructuró un plan a corto o largo plazo para el desarrollo de una industria farmacéutica. En estos años, los primeros gobiernos revolucionarios (sobre todo los de Carranza, Obregón y Calles) comenzaron a efectuar diversas modificaciones en el modelo económico con el objetivo de reactivar la industria nacional, la cual había sufrido estragos con la guerra civil. Se negociaron medidas favorables con los inversionistas foráneos para que instalaran sus empresas en el país, con el pretexto de que los mexicanos al observar sus actividades industriales también aprenderían a hacerlo. Sin embargo, no se dictaron al mismo tiempo políticas proteccionistas fuertes para las ramas productivas locales, más bien las disposiciones estatales expusieron a las nacientes compañías farmacéuticas de capital mexicano a la fuerte competencia del extranjero.

De este modo, las compañías extranjeras comenzaron a dominar desde un inicio al mercado farmacéutico mexicano y se fueron formando los lazos de dependencia económica y tecnológica con el exterior. En estos años, la utilización de materias primas y tecnología extranjera para la producción de medicamentos era una constante, ya que se aseguraba que las empresas farmacéuticas genuinamente mexicanas en sus procedimientos, no llegaban ni a tres. Asimismo, la industria nacional en general no hacía mucho para crear e innovar, lo que provocó que fuera muy poco competitiva, salvo hasta el periodo de la Segunda Guerra Mundial, cuando las economías más desarrolladas empezaron a importar manufacturas de nuestro país.

El despegue de la industria farmacéutica en México

A pesar de las acciones del Departamento de Salubridad Pública para proteger la industria farmacéutica nacional -la implementación de la normativa del Código Sanitario de 1926 y del Registro de Medicamentos de 1927-, los gobiernos federales de las primeras tres décadas del siglo XX manifiestan un comportamiento común: no se atrevían a tocar los intereses de los capitalistas extranjeros y sólo se limitaban a negociar con ellos. Para el Estado mexicano, aplicar las medidas derivadas de la Constitución Política resultó un proceso complicado y tortuoso, que dependía de la capacidad gubernamental para hacer frente a las presiones provenientes del exterior. Al final, se terminó concediendo privilegios a los empresarios foráneos en distintas ramas de la industria nacional: desde permisos de explotación ventajosos hasta mercados controlados por unas pocas compañías extranjeras.37

Al llegar Lázaro Cárdenas a la presidencia en 1934, la política industrial adoptó una posición distinta, ya que puso mayor énfasis en la regulación de la inversión extranjera y nacional, así como en la aplicación de medidas proteccionistas para los sectores productivos más importantes que sostenían la economía del país. También se impulsó la expansión del mercado interno mediante estímulos financieros y fiscales. Conviene mencionar que las disposiciones ejercidas en el periodo cardenista dejarían atrás el sentido retórico de los gobiernos anteriores dando paso a políticas explícitamente dirigidas. La intención del Estado era poseer un mayor control sobre el proceso de industrialización, para esto necesitaba recuperar actividades y recursos económicos estratégicos, y limitar los intereses extranjeros en la economía nacional.37, 38

Sin embargo, es necesario subrayar que ninguna de las políticas importantes de Cárdenas estuvo orientada hacia la industria farmacéutica, sino más bien a otras ramas industriales (petrolera, minera, ferrocarrilera), por lo que la protección a las empresas farmacéuticas de capital mexicano fue débil. Tampoco se redactó un plan de desarrollo para la industria del medicamento. En general, el Estado continuó con una línea similar de despreocupación hacia el sector farmacéutico. No obstante, como se explicará a continuación, algunas de las medidas decretadas durante esta administración impactaron de forma indirecta a la industria farmacéutica nacional.

Por ejemplo, sólo algunas compañías farmacéuticas (principalmente casas extranjeras) tenían establecidos depósitos en diversas ciudades para la distribución de sus productos, por lo que la gran mayoría de las empresas vendían generalmente desde la Ciudad de México. Esto daba lugar a que los fletes y acarreos encarecieran los medicamentos de tal forma que algunas presentaciones se habían colocado fuera del poder adquisitivo de las clases media y proletaria. Al respecto, el Plan Sexenal Mexicano, elaborado por el Partido Nacional Revolucionario (PNR) en 1934, se propuso ampliar la red ferroviaria y conectar las regiones distantes. Se impulsó la construcción de carreteras y los ferrocarriles nacionales introdujeron tarifas especiales de fletes para que las industrias domésticas pudieran competir con los artículos extranjeros en los lugares remotos.39

De igual forma, en este periodo se consideró necesario limitar la competencia para brindar condiciones favorables a la pequeña y mediana empresa. Asimismo, el impulso que se dio a la organización sindical ayudaría a proveer de obreros y técnicos mexicanos a las distintas compañías, entre ellas las farmacéuticas. El 14 de julio de 1937 se publicó el "Acuerdo para la Protección del Pequeño Comercio Nacional contra la Competencia de Elementos Extranjeros". En este Acuerdo, el presidente Cárdenas argumentaba que era de la mayor conveniencia para el desarrollo y sustento de la población nacional: 1) reservar, en materia de comercio, zonas protegidas contra la competencia de elementos extranjeros, a fin de fomentar el pequeño comercio nacional e impedir su ruina, 2) autorizar sólo la admisión de trabajadores extranjeros que tengan el carácter de técnicos insustituibles, 3) prohibir la presencia de rentistas o inversionistas extranjeros en negocio agrícola, industrial o comercial de exportación, reservando así dicha zona exclusivamente a los nacionales.40

En materia de salud, el Acuerdo giraba órdenes al Departamento de Salubridad Pública para que instruyera a sus inspectores en las visitas a los centros, exigiendo a los extranjeros los documentos donde se comprobara que se encontraban dedicados a actividades autorizadas. De igual manera, estos últimos estaban obligados a capacitar al personal mexicano, con el objeto de que cuando se hubiesen convertido en obreros calificados pudieran desempeñar el trabajo.40

Uno de los sindicatos que presionaba constantemente al Estado para que se cumplieran las diversas leyes promulgadas, era la "Unión de Químicos Farmacéuticos y Farmacéuticos". Esta agrupación (fundada en 1933) trató de proteger a todos los farmacéuticos y químico-farmacéuticos titulados que radicaban en el Distrito Federal. En 1937, la Unión demandaba una reglamentación más estricta para los laboratorios farmacéuticos, ya que en su opinión, algunos establecimientos seguían funcionando con irregularidades. Igualmente, solicitaba que los encargados de la Oficina General de Control de Medicamentos del Departamento de Salubridad Pública fueran farmacéuticos titulados, ya que solamente estos profesionales estaban compenetrados con los distintos problemas que aquejaban a la profesión, comercio e industria farmacéutica nacional. También exigía al gobierno que los inspectores farmacéuticos que se enviaban a las empresas fueran efectivamente farmacéuticos, ya que se nombraban personas que no lo eran y que además le quitaban el trabajo a elementos idóneos y capaces.41 Finalmente, la Unión hacía un llamado a las diversas compañías farmacéuticas instaladas en México, para que dejaran atrás la imitación burda de artículos extranjeros e iniciaran la fabricación de productos innovadores, empleando para esto a los técnicos mexicanos egresados de las universidades.42

Aunque la expropiación petrolera decretada el 18 de marzo de 1938, significó un suceso importante en el proceso de industrialización mexicana, por otro lado impactó negativamente a la industria farmacéutica nacional, ya que provocó la oscilación de precios de los productos farmacéuticos. Para poder establecer un control en los precios de los mismos, el 7 de octubre de 1938 el gobierno federal publicó un decreto que declaró a las medicinas en general como artículos de consumo necesario. Este decreto disponía que se establecieran comités consultivos de artículos de consumo necesarios en todo el país, que darían sus opiniones a la Secretaría de Economía acerca de los precios máximos que debían marcarse a los productos.43

Si bien Cárdenas trató por varios medios de estabilizar los precios de los medicamentos, nunca pudo lograr su objetivo y siguió fluctuando el costo de las presentaciones medicinales, sobre todo de los medicamentos importados. Diversas empresas farmacéuticas extranjeras establecidas en el país tuvieron que aumentar considerablemente los costos de sus artículos.44 Otros factores que agravaban este problema eran las devaluaciones en el mundo que afectaban a la moneda nacional y extranjera; aunado al hecho de que México tenía poca investigación en materia de fármacos e importaba una gran cantidad de materias primas para su producción.

Durante la administración cardenista, entre las medidas que se tomaron para fortalecer al sector industrial destacó el apoyo financiero. Se crearon instituciones bancarias públicas y privadas, y se modificaron las ya existentes para ampliar el crédito a los inversionistas nacionales. Los fondos de la Nacional Financiera (creada en 1933) fueron ampliados en 1936 para especializarla como banca de fomento industrial. En 1937 comenzó a funcionar el Banco Nacional de Comercio Exterior, que pretendía financiar las actividades de exportación.38 Estos estímulos también fueron aprovechados por las empresas transnacionales, que instalaron o ampliaron sus operaciones en México. No obstante, el gobierno aumentó la carga tributaria a estas grandes corporaciones que se establecían en el país. La "Ley del Impuesto de la Renta sobre el Superprovecho", publicada el 28 de diciembre de 1939, obligaba a pagar mayores gravámenes a las empresas con ingresos anuales superiores a 100,000 pesos.45

En esta etapa, algunas empresas farmacéuticas de capital nacional se fortalecieron en el mercado, como los Laboratorios Higia. Esta compañía fue fundada en 1933 por José Pomar Ruiz y su hermano Luis, y estaba ubicada en Avenida Chapultepec 449 de la Ciudad de México. A mediados de 1935, esta firma realizó un convenio con la Cía. Mexicana de Drogas SA., que le concedía a esta última la exclusividad para exportar los productos Higia a varios países del continente americano y Filipinas.46 De acuerdo a declaraciones de los Laboratorios Higia, la empresa se benefició con las leyes arancelarias y disposiciones de salud y control que el gobierno mexicano implementó a finales de los años treinta. Asimismo, la compañía aseguraba que sus productos se elaboraban "de una manera severamente escrupulosa y sujeta a los más rigurosos y adelantados tecnicismos" y no disminuían en calidad comparada a los productos extranjeros.47

Entre 1933 y 1940, la industria nacional retomó un intenso crecimiento, donde diversos sectores productivos lograron un desarrollo importante.38 Uno de ellos fue la industria farmacéutica, como lo muestra el Tercer Censo Industrial de 1940. Este Censo señaló que en 1939 existían 77 empresas farmacéuticas instaladas en territorio mexicano con una producción anual total de 23,504,360 pesos. La producción casi se triplicó en cinco años a pesar de que el número de compañías permaneció constante. Esto representaba que la industria farmacéutica en México, en un lustro había crecido exponencialmente en producción a comparación de lo realizado en los decenios anteriores. Pese a esto, se seguía dependiendo mayormente del consumo de materias primas extranjeras (6,155,904 pesos en material importado y 2,277,397 pesos en material nacional) para la fabricación de productos. De acuerdo al Censo, 59 empresas eran propiedad de accionistas mexicanos y 18 de extranjeros. Sobre la nacionalidad de los jefes y directores, los mexicanos eran mayoría en número (75) respecto a los foráneos (49). En cuanto a la totalidad de empleados, 497 eran mexicanos y 67 extranjeros.48 Al parecer las políticas proteccionistas de apoyo al trabajador mexicano y los inicios de la organización sindical también se estaban reflejando en el caso de la industria farmacéutica (figura 5).

A pesar de que las políticas económicas de Cárdenas eran esencialmente nacionalistas, esto no impidió el aumento del comercio exterior. Aún con el crecimiento en producción de la industria farmacéutica nacional, no se había podido lograr el cambio de mentalidad en la comunidad médica y en el consumidor mexicano para que prefirieran los productos locales. Hacia 1939, la mayoría de los medicamentos que se vendían en México seguían siendo de importación, que era realizada por la propia empresa farmacéutica o por algunos de los distribuidores, entre los cuales los más importantes eran tres: dos alemanes (Carlos Stein y Beick Félix) y uno francés (Colliere).49 De los 26,289,605 pesos valor de los productos farmacéuticos importados en el año de 1939, la mayoría eran de origen teutón con 10,825,436 pesos, seguida por la importación derivada de Estados Unidos con 6,442,037 pesos. En tercer lugar figuraban las importaciones procedentes de Francia con un valor total de 5,246,143 pesos y en cuarto lugar las de procedencia suiza, que fueron de 1,150,938 pesos.29

Como resultado del análisis realizado en esta investigación se puede afirmar que la situación de las empresas farmacéuticas en México a finales de los años treinta del siglo XX poseía las siguientes características: las compañías farmacéuticas de capital mexicano habían aumentado y eran mayoría, pero aún no alcanzaban el desarrollo industrial anhelado, y eran empresas que empezaban a adquirir experiencia en la rama. Por su parte, las empresas fundadas y sostenidas con capital extranjero, eran las que dominaban el mercado antes de 1940, mediante la enorme importación y fabricación de medicamentos y a base de sus fuertes sistemas de distribución y propaganda.

El 17 de febrero de 1940, en el ocaso del periodo cardenista, se publicó el "Decreto para Fomentar Industrias Novedosas". En esta Ley se exentaba por cinco años de diversos impuestos a las empresas que se organizaran para desarrollar actividades industriales nuevas en el territorio mexicano. Sin embargo, no se otorgaría la exención si a juicio de la Secretaría de Economía, la nueva actividad industrial pudiera ocasionar perjuicios a industrias ya establecidas en el país.50 Este decreto fue uno de los avisos de la futura política industrial. Las medidas que implicaban la creación de franquicias fiscales para el establecimiento de industrias nuevas serían utilizadas constantemente por los gobiernos federales en las décadas siguientes, y permitirían que algunas empresas farmacéuticas gozaran de incentivos para comenzar la producción de materias primas terapéuticas en México.51 Sin embargo, estas disposiciones fomentaron al mismo tiempo la compra excesiva de equipos y tecnología extranjera para este fin.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, la industrialización farmacéutica en México fue vertiginosa, ya que de 77 empresas farmacéuticas que existían en 1940, en una década la industria creció a 310 empresas farmacéuticas establecidas en 1950.52 El número de compañías se incrementó aproximadamente en 300%. La guerra fue el principal catalizador: se logró formar la infraestructura necesaria para que el crecimiento económico sostenido se convirtiera en el objetivo principal de la nación. Evidentemente, las políticas emprendidas por el Estado por fin estaban comenzando a dar resultados.

Sin embargo, la dependencia con el extranjero en materia farmacéutica seguiría su marcha, sobre todo en el área económica y científico-tecnológica. La mayoría de los autores que han estudiado el desarrollo de la industria mexicana a partir de los años cuarenta coinciden acerca de que la política